Yo también tuve 20 años…*

Por Rodolfo Prada

Hace 40 años era tan importante saber la tabla del ocho como conocer la letra de Los Guaduales. Se profesaba, entonces, cierto respeto reverencial por las letras de la música auténticamente colombiana, y en las reuniones de la familia no demoraban en sonar las canciones de Garzón y Collazos.

Disco

Quienes hace 40 años tenían 30 defendían la música colombiana como lo que era: una especie de legado que debía guardarse en el más preciado de los baúles de la memoria y en el gabinete de los discos de la radiola de cuatro patas.

Ellos, los abuelos de nuestros hijos, defendían la música colombiana por encima de todo lo demás que significara música. Bailaban el twist de Chubby Checker y el rock and roll de los Teen Tops en las fiestas, y escuchaban a Gigliola Cinquetti, a Sandro y a Leo Dan en las visitas de la sala, pero para ellos la verdadera música venía de las composiciones de Jorge Villamil, la guitarra y el tiple de Silva y Villalba y el órgano de Jaime Llano González.

“Soy colombiano”, en la voz del tenor colombiano Víctor Hugo Ayala, era una especie de himno, y era más fácil encontrar quién lo cantara sin equivocación, que recordar la segunda estrofa del Himno Nacional de la República de Colombia.

Eran buenos tiempos en los que las primeras irrupciones de la música electrónica se metieron debajo de las carpas de parque, en las que se celebraban las “minitecas”, una especie de primaria de las discotecas de verdad a las que los adolescentes tenían vedado el paso.

Los padres de entonces, abuelos hoy, permitían con cierto recelo a sus hijos, padres hoy, que hicieran en las “minitecas” sus primeros ritos de iniciación en la rumba, pero había que estar de vuelta en la casa antes de las 11.00 de la noche. Bogotá, entonces, era una lúgubre ciudad solitaria después de las 10.00.

Golpearon a la puerta del país los años 80 y llegaron con los aires de las revoluciones recién apagadas y con una maleta llena de los nuevos ritmos musicales que en otras latitudes ya enloquecían a los jóvenes.

Radio Tequendama se inventó una programación musical que hizo que a las casas entrara la música de Abba, Boney M y Bee Gees, con el nombre de Música Pop, una especie de rock no tan suave como la balada, ni tan crudo como el metal.

Al otro lado del dial la emisora Latina se arriesgó con dosis más fuertes de Kiss, Queen y The Rolling Stones, pero era prohibido escucharla porque para los padres de entonces esos ritmos venían del infierno o eran música de “mariguaneros”.

Las fiestas de finales de los 80 se convirtieron en popurrís de rock duro, pop music, salsa y vallenato, y la generación que llegó allí no notó siquiera que la música auténticamente colombiana se había perdido en el olvido y en las gavetas de debajo de la escalera.

Los viejos discos de 78 revoluciones y los acetatos de larga duración volvían a vivir la gloria de sus viejos tiempos sólo cuando se rescataban en las celebraciones de aniversario de los abuelos, y se les ponía a dar vueltas en los tocadiscos automáticos de brazo.

Canciones como Espumas, Pueblito Viejo, Los Guaduales, Pescador, Lucero y Río y Llamarada se resistieron a morir encarnándose en voces frescas como las de Claudia de Colombia e Isadora, pero más tarde encontraron su última morada en los restaurantes elegantes de comida criolla y en uno que otro recital.

De las guabinas, los bambucos y los torbellinos no se volvió a saber en las emisoras musicales, que abrieron el telón a una andanada de ritmos de acá y de afuera y se inventaron mil fórmulas para indicarle a las audiencias jóvenes qué debían escuchar.

Llegaron, por esos días, los aires del rock en español, y supimos que los argentinos no solo hacían música protesta y tango, sino que llevaban un buen tiempo cultivando su rock nacional. El disco compacto había firmado el acta de defunción del acetato y el casete agonizaba en los viejos anaqueles de la sala.

El nuevo siglo llegó digital. Las viejas radiolas fueron a parar a los mercados de las pulgas para alimentar la nostalgia, y a los tocadiscos se les cambió su humilde nombre por el de tornamesas para que los dejaran entrar a las fiestas electrónicas.

Las fiestas en la casa, que comenzaban a las ocho de la noche y terminaban con las primeras luces y con un caldo Maggi acompañado de una tajada de Comapán, quedaron en la memoria de los padres de hoy, porque sus hijos aprendieron a bailar en las tabernas y en los salones comunales, ensordecidos por los “beats” y atormentados por la llegada de la hora zanahoria.

Las torres de acetatos apiladas al lado del equipo de sonido se guardaron en la memoria como un retrato en sepia porque las computadoras y las memorias USB se robaron el espectáculo.

Pero el pasado tiende a revivir y no extraña que en esas memorias llenas de gigas de música perviva extraviada una carpeta con “Yo también tuve 20 años”, en las cuerdas maravillosas de Silva y Villalba.

Nota del autor: este artículo fue publicado inicialmente en una de las ediciones de la revista Vivemas, editada por el departamento de comunicaciones de la caja de compensación Cafam.