La crónica, un capricho del tiempo

Pregunta habitual: ¿hay, en verdad, diferencias notorias entre la crónica y el reportaje, dos géneros de profundidad del periodismo?

Comencemos por mirar qué parecidos existen entre ambos géneros e, incluso, entre estos y otros.

La crónica y el reportaje comparten su principal característica con los demás géneros: surgen de un ejercicio de reporterismo. Es decir que, en esencia, son fruto de un ejercicio profesional que implica abocar un tema, indagar sobre él, entrevistar personas, reconocer lugares, poner en contexto, reconstruir eventos, enfocar el mensaje, escribir, editar, corregir, producir…

En eso, como ya dijimos, todos los géneros periodísticos tienen la misma alma, pero hay algo que los diferencia: la intención con que se produce el mensaje y la manera como se estructura. Así, la intención comunicativa de la noticia es simplemente dar cuenta de algo que ocurrió u ocurrirá (se cayó un avión, se aprobará una ley). La intención de una entrevista puede ir desde hacer público lo que alguien sabe u opina a buscar en el público algún tipo de sentimiento o reacción frente a un acontecimiento.

Aterrizando en la crónica y el reportaje, la intención en ambos es ir más allá de la noticia, escarbar en las explicaciones e inferir consecuencias. Por eso se dice que estos dos géneros son derivaciones de la noticia, porque la trascienden, la sobrepasan.

Crónica y reportaje son géneros muy emparentados; más de lo que creemos, porque, por ejemplo, no es cierto que una característica que los diferencia sea la extensión. Hay crónicas tan extensas que se convierten en libros, y reportajes tan breves que caben en media página de un tabloide. La extensión, digamos, no depende de la naturaleza genética del género, sino más bien de la prolijidad del periodista, de su capacidad de síntesis, del espacio con que se cuente en el medio, de la complejidad del evento reportado.

Y se ha dicho que el reportaje es un género riquísimo en datos, en profundidad, a diferencia de la crónica, que se queda en lo descriptivo, en lo estético, en lo sensible. Pero hay reportajes ligeros en datos y crónicas muy ricas en información. Así que la diferencia, si la hay, no puede estar en lo profundo, riguroso o meticuloso de la investigación.

Así que, a estas alturas, la pregunta subsiste: ¿hay diferencias que separen a estos dos géneros como para estudiarlos por separado?

Tal vez sí. La crónica, por ser crónica, lleva a poner los acontecimientos en una secuencia lógica de tiempo. Esto es, que su estructura narrativa obedece a la estructura clásica del relato: primero un comienzo, luego un desarrollo, nudo o trama y, finalmente, un desenlace. Y esto es así porque así suceden las cosas en la vida. Si nuestro mensaje periodístico no tiene esta estructura, no será, pues, una crónica. Será otra cosa, pero no un relato.

Pero ¿qué sucede si lo que el periodista averigua para construir un reportaje le permite, finalmente, construir un relato? ¿Estaremos hablando de una crónica con la profundidad de un reportaje o de un reportaje acronicado? ¿Existe eso de reportaje acronicado? ¿Sería correcto hablar, entonces, de crónica arreportajeada?

Digamos, como para no extender más este asunto, que si el resultado de la investigación de un periodista termina en un relato, hablaremos de crónica. Si a cambio de relato el periodista acudirá a otro tipo de estructura textual (un informe expositivo, por ejemplo), hablaremos de reportaje.

Esto significa, en pocas palabras, que la real diferencia entre crónica y reportaje no está tanto en el contenido ni en la intención comunicativa como en el tipo textual en el que estará inscrito el texto (escrito o audiovisual, si se me permite la clasificación). De ambas maneras podrá informarse lo mismo, con las mismas intenciones, aunque tal vez con diferentes efectos (podré hacer llorar más fácilmente con una crónica que con un reportaje).

Conclusión: la crónica es un relato, una secuencia de eventos atados a los designios del tiempo. Lo demás… lo demás será otra cosa.