Busquen el mapa, el río existe

Rodolfo Prada

Hace unos años, en un restaurante de La Dorada, quise ordenar a mi mesa un pescado del río Magdalena, que a no muchos metros de allí pasaba grande y lento, como una boa gigantesca, rumbo a la Costa Atlántica.

Pero mi acompañante, un profesor de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (UNAD), me paró y me sugirió, a cambio, pedir un pescado de esos que se cultivan en estanques, en cualquier finca de la región.

¿Cómo no comerme un bagre o un bocachico del Magdalena, casi a orillas del mismísimo río? La respuesta del profesor fue descorazonadora: lo que sucede es que a estas alturas (o a estas bajuras, porque La dorada es un hervidero) el río presenta un alto grado de contaminación, sobre todo porque lleva una cantidad enorme de plomo, mercurio y no sé qué otras sustancias tóxicas.

Me rendí. Pedí una cachama de estanque, alimentada con concentrado industrial y, bueno, no tan rica como el pescado que viene de su hábitat natural. Y el río ahí, a media cuadra.

Recordé, entonces, que a comienzos de los años 90 (si la memoria no me falla), cuando aún me estrenaba en este bello oficio del periodismo, terminé metido en la segunda “Caracola”, una caravana de fotógrafos y periodistas de El Espectador y Caracol que recorrió el Río Grande de La Magdalena para mostrarle al país el lamentable estado de la vertiente.

Era entonces, y peor hoy, un río gigante y hermoso, amarillo y atestado de sedimentos, desperdicios industriales, basura, venenos y porquería, que nace en el Macizo Colombiano (¿lo recuerdan? Es una lección de geografía en primaria) y agoniza en las aguar del Mar Caribe.

Era la segunda “Caracola”, porque la primera la habían hecho, otra vez Caracol y El Espectador, en 1981. Ese año, la “aventura río arriba”, como se conoció, alertó al país sobre el mal uso que se le estaba dando a río. Diez años después vino la otra “Caracola”, y el paisaje no había cambiado: el río se moría.

Se ha seguido muriendo desde entonces, pero en días pasados, cundo leí que se invertirán muchos millones de pesos para recuperarlo, no pude más que sentir nostalgia y abrigar la esperanza de que ahora sí sea cierto, que en verdad el país por fin se preocupará por su principal arteria fluvial.

A pesar de los pesares, el río es aún imponente. Son más de mil 500 kilómetros de cauce, casi mil de los cuales navegables. Atraviesa 18 departamentos y aunque no es el más largo del país, es el más importante.

Es un recurso natural de una riqueza incalculable, pero no lo sabemos. En la primaria, cuando aún estamos biches para el aprendizaje, nos muestran al río en mapas, pero no nos llevan a sus riberas para conocerlo en la realidad. Venimos a verlo de lejos cuando, de paseo, pasamos por el puente de Honda. Con razón nos va tan mal en las pruebas PISA.