Nos matamos en la calle

Hace unos buenos años la cadena radial Caracol lanzó una campaña que no sé si cumplió con su cometido. El eslogan lo decía todo: “Guía sin odio, te lo sugiere Caracol”. Hoy, a Pirry lo vemos hasta en la sopa pidiéndole a la gente que use la inteligencia vial. Cosa curiosa, y triste: lo que menos se percibe en la calle es inteligencia y sentimiento.

A Stalin le atribuyen una frase que viene a cuento: “Una muerte es una tragedia; un millón de muertes es una estadística”. Viene a cuento, porque hace unas semanas leí en las noticias que en 2016 murieron en accidentes de tránsito algo más de 6.000 personas. ¡6.800!

¡Casi siete veces mil colombianos muertos en las calles y carreteras del país en un año! Uno sale de casa y la probabilidad de morir es altísima. Volvamos a la estadística: los accidentes de tránsito son la segunda causa de muerte violenta en este ya atormentado país. La primera causa es el homicidio, y luego están las neoplasias (tumores), las enfermedades del corazón y otros males del cuerpo.

Las principales víctimas de esa guerra que se libra en las calles, a punta de carros, motos y bicicletas, son, por supuesto, los indefensos peatones, para quienes la única alternativa de supervivencia es ¡correr! Claro que éstos, a veces, tienen la culpa, pero no tienen ni casco ni carrocería que los proteja.

Leí alguna vez en El Tiempo que un síntoma de desarrollo es que el cáncer desplace a las enfermedades intestinales y respiratorias como causa principal de muerte. Pero en Colombia, no es el cáncer, sino los crímenes y los accidentes de tránsito. Un país en el que sus gentes se matan en la calle dista mucho, muchísimo, de catalogarse como desarrollado.

Percibo que cuando estamos al mando de un carro, una moto o una bicicleta nos transformamos: se nos olvida nuestra naturaleza humana y, también, que no estamos solos en este mundo. No aprendemos a compartir la vía y terminamos odiando a todo el que se nos pone delante. El pito ya no es una señal de alerta, sino de ofensa, y cuanto más grande sea el carro, más será el grado de patanería con el que manejamos.

Lástima, porque conducir es un placer, pero se nos volvió un tormento. Algún día tendremos que aprender a usar la inteligencia cuando estemos a bordo de un vehículo. Ese día, tal vez, aprendamos a guiar sin odio.

Nota del autor: Este escrito fue publicado en En Directo, periódico editado por la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana. Para este sitio fueron actualizadas las cifras y modificados algunos párrafos.